Poema neoyorquino

Para que falleciera, para que fracasara,

tuvieron que conspirar varios. 

¿Qué hay de malo con el gato macho?


Estaba Esteban cien por ciento seguro de que nunca llegó

a suceder —dije yo, dijístelo tú—

(a un menor de trece años).


Tienes que padecer al monstruo. Ciertamente, 

la perspectiva artística y la conciencia del coleccionista forman 

parte de un mismo erotismo (¿eso es neutral, es eso un tanto que te puedes llevar

de tarea?)


He tenido tanta necesidad de adquirir productos

de color tal, tal, y tanto, que hasta

mi hermana (¿qué es eso que me hizo escuchar

al comienzo?) me agradeció ser una de las voces de la razón

(razonal) en este mar de odio.


De no haberle disparado a Lohengrin desde los cielos,

no hubiese representado un problema ver tu luz.


No es nuestro deber decidir quién irá a ella, a la luz.

Cuando nos vamos de esa puerta, nos vamos: 

tu oportunidad para explicar, tu voz

para decir cómo y por qué pasó se va a acabar al irte de esa puerta.


El arco tendrá la misma maldita infinidad que impulsa la tierra.


De vez en vez debes escardar (desmalezar) el jardín.

O cada que un menor cae como la hoja frente al aliento del caribú,

ese menor quiere ser su propio brazo que lo arrulle:

Para que viva, tiene que caer. Aunque no te lo dice:


No quiere la continuidad, pero quiere la caída.


Relación

Once nothing 

was left to 

desolate

we saw nothing left 

and were

distraught.

And we compared silence and silica: ours both,

and found a gash shared

by no one, but this:

flayed arms of the honeycomb,

joy the wound

of the womb's flower.

The world had weaved a gate that admitted this 

in us;

grins tempered 

in the sirocco, 

for once uttering—the branch—the

incipiences of its threat:

From the seas (or from the deserts).

Relación

 

Una vez que nada

quedó por

desolar

 

vimos que nada quedaba

y eso nos

 

acongojó.

 

Y comparamos silencio y sílice: ambos nuestros,

y descubrimos un tajo que nadie

compartía, sino esto:

 

desfollados brazos de la colmena,

dicha la herida

de la flor del vientre.

 

 

El mundo había tramado una verja que admitió esto

en nosotros;

 

en el siroco

las muecas se suavizaron,

 

para variar pronunció—la rama—lo

incipiente de su amenaza:

 

Desde los mares (o desde los desiertos).


El exceso en ambos

 

Pero en cuanto la isla se desvaneció

en aire azul…

 

Tras hablar la canción — sola para mí.

Al no ser su padre, siempre escuché.

 

Si carecen de sangre (si por ella azorados, secuestrados),

¿serán estos pocos también—

hileras quedan

 

quienes ante la muerte se sonrojan?

 

Minutas espinas en minutas manchas de alma.

 

Descansa el mediodía.

Cima tropical de la pirámide.

Bostezos en el cóncavo casco

— diestra caricia o cadáver.

¿Fue tu piedad realmente excepcional?

Cuando a tu afín hermana destituyes:

¿se regocijará

al fibroso aliento?

 

De las letras de las que la madera

cobró forma,

empaló al mar.

Hedor de localidades: sebosa piel de la foca.

 

No pensaron: antes que esto.

Pupilas que lividecen; reducción de Aurora.

 

Los dignos suicidas trazaron una raya desnuda

al vagabundear entre cotizados

platos marinos, negativos ilícitos del delito.

 

Provócanos a sed

incomún—

 

Hermanas del promontorio— hacia este

farallón sin fondo donde el roquero azul canta y

a las olas calma.

¿Dejas tu puerta abierta

y la mía

buscando los obvios y turbadores dedos de los

que pendan mis miembros?

 

Tu propaganda fue siempre vulgar y capaz.

Al no ser mi padre,

escuchaste.

Cuatro copas de sangre estéril,

y el ínfimo dios a quien le regateo.


Excess in Both

But scarcely had that island

faded in blue air. . .

After the song spoke — to me only. 

Not being their father, I always heard.

If bloodless (if bloodheld, sequestered by), 

will these few 

be as well—

rows remaining

the blushing dead?

Tiny thorns on these tiny specks of soul.

Repose of noon. 

Tropic tip of the pyramid.

Yawnings in the concave hull 

— skilled caress or carcass.

Was your mercy really exceptional?

Ousting your nearest sister: 

will she joyce

in the fibrous breath? 

Out of the letters of which 

the wood took shape,

impaled the sea.

Stench of locales: fat fur of the seal.


They did not think: before this.

Paling pupils; Aurora’s reduction.

The worthy suicides drew a naked line 

vagabonding between desired

dishes of the sea, illegal negatives of crime.


Arouse us to thirst 

uncommonly—


Sisters of the promontory—this bottomless 

bluff where the blue thrush sings,

soothing the waves.

Do you leave open 

your door

and mine 

seeking the obvious, menacing fingers from

which my limbs to dangle?


Your propaganda was always crude, capable. 

Not being my father,

you heard me. 

Four cups of barren blood,

and the lowly god with whom I bargained.


E. Lönnrot

Incapaz hoy 

de traicionar el sentimiento que te inspiró.

Como dioses, vivieron

con el corazón intocado por el trabajo,

y para ellos preciados. La vejez

jamás se manifestó, sino que de miembros vivaces

y lejos del enfermar —

en el festín se regocijaban.


Durmiendo morían, y todo lo provechoso les era

suyo

conforme el fruto

entregaba la tierra.

En todo querer provistos, y paz —

en rebaño y gamón pudientes,

alguna vez Proteo —justo también Artemisa—

tu flagrante mano

balanceó la puerta

al desmesurado rojo

que pastas.

E. Lönnrot

Unable today 

to betray the feeling that inspired you.

Like the gods, they lived 

with hearts untouched by work, 

and dear to them. Old age

never appeared, but lively-limbed

instead,

and far from ills—

they feasted.

They died in sleep, and all good things were

theirs 

as the land

gave its fruit. 

In every want supplied, and peace—

rich in flocks and asphodel,

once Proteus —just as well Artemus—

your unabashed hand  

balanced the door 

to the outsized red 

you graze.

On the Occasion of a Loved Being’s Death

A. C.

When the rus-breasted hummingbird

breaks through the gate of wide-arched

Spring

and joins no band and binds

no fear to the resinpine 

of its bi-hearted heart,

commiting its life to the balm

on which it gravitates — it

makes an impression,

as it does today again

when the world breaks behind 

in Fall

and hears the early ink rustle out the leaf

and drop undressed,

taking south, 

ruefully,

we know,

in irrepressible flight.

Celan

The sands 

shift your weight 

to glass.

The minute 

of an eye—

corpus-

cular hence—

each one 

of them.

Celan

Las arenas


desplazan tu peso

hacia el vidrio.


El minuto

de un ojo—

corpus-

cular por tanto—


cada uno

de ellos.

(Click on the poem title to download it as a PDF / Haz clic en el título del poema para descargarlo en formato PDF)